La primera vez que visité Lisboa fue hace cuatro años. Estaba en clase de literatura y me recomendaron uno de los mejores libros que he leído: “Sostiene Pereira”, de Antonio Tabucchi. Durante algunos días paseé por sus páginas montada en tranvía, perdiéndome por las húmedas calles de
Ayer volví a pasear por esta fantástica ciudad, más libre y más cercana que entonces.
Creo que es la primera vez que no me siento una turista mientras estoy ejerciendo como tal. Lisboa es una ciudad que te abre sus entrañas para acogerte dentro y no dejarte jamás. Paseando por las calles del barrio de Alfama te das cuentas de que, por muy agosto que sea, ya formas parte del cotidiano: la ropa tendida en los balcones de las fachadas principales, el entramado de callejuelas estrechas, el olor del puchero al fuego y las discusiones domésticas te abrazan para siempre. Y de pronto ya estás enamorado.
He caminado por los adoquines de sus calles como nunca antes en cualquier otra ciudad europea, he tomado café frente a Pessoa en el Café Brasileira, punto de encuentro de intelectuales lusos, he sentido el fado dentro en el barrio de Chiado, y me he trasladado a los años sesenta españoles al entrar en esas pequeñas mercerías en las que todavía se vende la colonia a granel.
Lisboa es inquieta, como los conquistadores que encuentras en el barrio de Belém, es sutil, como las estaciones de trenes de la plaza del Rossío, es pausada, como las tardes al sol, es histórica, como muestran sus viejos edificios, es secreta, para descubrirla poco a poco.
No puedo describir la infinidad de matices de esta ciudad…Sin reservas sostengo que Lisboa no se describe…simplemente se siente.
Título original: Sostiene Pereira
Editorial: Anagrama
Año publicación: 1994
